El yoga...

Sí, me refiero a esa disciplina cuya finalidad es que notes cada lorza que hay en tu cuerpo. Pues hoy he empezado de nuevo. Mi querida amiga Bea ha venido a casa: tres días en semana compartiremos un ratito para movilizar el esqueleto. La idea está genial y me obliga a no apoltronarme en el sofá, que es a lo que tiendo cada tarde.

Yo, por mi parte, he comprado una esterilla monísima, que me hace juego con la decoración del salón. Por los modelitos de deporte no me ha dado todavía, pero claro, es que estoy oronda y no apetece. Con los pantalones de chándal que tengo por aquí, pasaré hasta que adelgace un poco. Eso combinado con todo lo demás, pues algo hará, digo yo. He pasado de comer por un equipo de fútbol a hacer ayuno intermitente. Mi cuerpo, el pobre, debe estar flipando.  

¿Y cómo he llegado hasta aquí? No sé, de verdad que no lo sé. Ahora mismo suena en mi cabeza la música de Mary Poppins, la de "con un poco de azúcar y esa píldora que os dan...". Pues más o menos así, un poco de todo. Pero es que si me pongo a pensar en el pasado me da la sensación de que sólo busco justificarme a mí misma. ¿Qué queréis, que os cuente mi triste historia? Pues no, me niego, ya vale de regodearse. No sirve de nada. ¿Una infancia traumática? Pues como todos, que lo mínimo que se despacha en la edad adulta es un psicólogo para hablar de los problemas con la madre. Porque no hay ninguna mujer en este mundo que no los tenga, te lo aseguro. Si no es por una cosa, es por otra. Y si crees que eres una afortunada que no tienes ninguno, es porque no te lo has mirado bien: ahí están, seguro.

Total, que lo que importa es que tengo 39 años, sobrepeso, la casa patas arriba, un trabajo... Lo del trabajo no lo tengo claro, la verdad. Estudié Derecho por vocación y me dedico a la abogacía porque no me quedó de otra. Ya, es que cuando terminas la carrera a los 29 muchas opciones tampoco hay. El caso es que se me da bien, aunque siempre he pensado que es por simple comparación y que la media está muy baja. Además, vivo en una ciudad pequeña, de una Comunidad periférica. A la que te defiendes medio bien en una conversación, eres un abogado decente. 

Tras una serie de desventuras, que no vienen al caso, terminé en un Despacho genial. Sí, ¿qué queréis que os diga? No puedo quejarme, sin más. Todo lo contrario. Cada día que llego doy las gracias por la suerte que he tenido. Así que el entorno es inmejorable. ¿Qué pega le pongo al trabajo entonces? Pues que cuando eres abogado te pasas todo el día solucionando los problemas de los demás. Sin más. Y estoy harta de problemas. ¿Y entonces qué? Te preguntarás. Pues ni idea. ¿Qué hace uno cuando descubre que su vocación no le resulta satisfactoria? En ésas estoy. Si encuentro la respuesta a lo largo de este libro, te prometo que la comparto, que no soy yo de guardarme las cosas. 

Vale, si fuera tú y me contaran esto, intentaría ayudar a la persona realizándole preguntas tipo: "Bueno, algo te gustará sobre las demás cosas, ¿no? ¿No hay nada que te apasione?". Y la respuesta es no. Soy de esas personas a las que les gusta un poco de todo: las plantas -lo suficiente para tener un pequeño vergel en mi piso, pero no lo bastante para aprender más cosas sobre el tema; cocinar -se me da bien, pero si no vivo a base de ensaladas preparadas es porque mi conciencia ecologista no me permite tanto plástico-; restaurar muebles y la decoración -tengo una casa preciosa, decorada con bastante gusto-; y así un largo etcétera. 

Por lo pronto, me he puesto a arreglar mi vida. Así, sin más. No soy de ésas que abrazan árboles y plantan su menstruación, pero sí tengo algunas certezas sobre la vida. ¿Cuáles? Venga, va, te las cuento, pero no puedes tacharme de loca. Creo que todos somos Uno. Somos parte de Dios, creados a su imagen y semejanza porque somos lo mismo que él. Una conciencia única dividida para experimentar la dualidad en un viaje hacia la unidad. Y esta vida es sólo eso, una forma de volver a casa, de elevarnos. Así, en resumen.

¡Ey! No cierres el libro todavía. Cada uno siente una verdad en su corazón. Ésa es la mía, sin más. Total, que estoy haciendo algunos cursos, viviendo de forma coherente a mis creencias. Y cuesta un huevo, ¿sabes? Ahora estoy con la queja. Nos han mandado un ejercicio que consiste en identificar todas las quejas que gobiernan nuestra vida. Sí, gobiernan. Cuando lo propusieron pensé que lo tenía fácil porque no soy una persona quejica. ¡Ajá! Cuán equivocada estaba. Resulta que me paso todo el día pensando y verbalizando cosas como "qué cansada estoy", "estoy agotada", "no doy más de mí", "no puedo ni con mi alma". Y es un no parar. Claro, la consecuencia es que mi nivel de energía está bajísimo. No es de extrañar, me paso el día autoconvenciéndome de que no puedo más.

Además, estoy haciendo Reiki. ¿No sabes exactamente lo que es el Reiki? Una disciplina que utiliza los centros energéticos. Sólo llevo dos clases y todo lo que he hecho es hablar y estar a dieta. Bueno, ellos lo llaman "desintoxicación", pero a los efectos es lo mismo.

Si me vieras no creerías todo esto que te estoy contando. Tengo un aspecto de lo más serio y normal. Ya, es que la normalidad está sobrevalorada. No me escondo, pero tampoco comparto mis pensamientos. Si te fijas un poco, te darás cuenta de que uso muchas piedras, tanto en adornos personales, como en la casa y el Despacho, pero la gente no cae en esas cosas. Se creerán que el trozo de obsidiana negro que tengo en mi escritorio es un pisa papeles... Pues mejor así.

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